Visitar la catedral y la tumba del Cid antes de comer unas morcillas y un lechazo asado está muy bien. Esto es lo que se ha hecho en Burgos desde que se inventó el turismo. Pero tampoco están mal, para variar, los museos de nuevo cuño que han surgido últimamente, como el Centro de Arte Contemporáneo de Caja Burgos. O como el de la Evolución Humana, que expone los cráneos y las hachas paleolíticas de Atapuerca en un edificio rebosante de luz y modernidad. También hay nuevos gastrobares y tabernas urbanas, donde se le da una vuelta creativa y alegre a la cocina castellana. Todo esto es sumar, mejorar, adaptarse, evolucionar.

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